Friday, December 2, 2011

Early in the morning the joyful chiming of church bells announced commencement of the twelve day celebration of Our Lady of Guadalupe.  The bells were followed by the rat-a-tat- tatting of drums and the bleating of horns. Juarez Street is now closed off at night for the processions of primitive floats, candle-carrying pilgrims singing "La Guadalupana," mariachis, costumed dancers, children blowing bubbles and food stands for blocks and blocks. This is an exuberant time of year in Puerto Vallarta.  And the weather is heavenly.  Temperatures are in the mid 80´s during the day with humidity at about 15%.  Cool in the early mornings and in the evenings, overhead fans are being turned off and comforters added to beds.

In November, the humpback whales begin to arrive from their long journey from Alaska.  The humpbacks have chosen the extraordinarily beautiful and relatively warm Bay of Banderas in which to court and to give birth.  A solitary dense, white cloud in bloom hovered over the hills one morning as we left for the Marina for a sail with friends on a rented boat. We motored south for two hours along the gorgeous coast, lined with sandcastle-like volcanic rocks, palm trees, coconut trees and deserted beaches.  Anchoring at a small, rocky cove, we snorkeled in the clear, cool water, surrounded by colorful fish that I wish I knew the names of. After lunch on the boat, we headed back home, not expecting to see whales, as we were not far out into the bay.  But half-way home, not far in the distance, we saw the misted, humid breath and the arching, curving humps of whales gently sliding up and down in the water.  A blissful sight: four whales rolling on their sides and backs to repeatedly slap the glittering water with their large, pointed pectoral fins.  As we approached close enough to hear the whoosh of their exhalations, the humpbacks surged away.
Their pronged tails disappeared beneath the water, leaving a whirlpooling print where they had been.


Temprano por la mañana las alegres campanas de la Iglesia anunciaan el inicio de los 12 días de la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe. Las campanas fueron seguidas por el rat-a-tat- tateo de los tambores y el sonido de los claxons. La calle Juarez ahora está cerrada por las noches para las peregrinaciones de carros alegóricos, peregrinos con sus velas en mano cantando al son de "La Guadalupana", mariachis, danzantes indígenas, niños haciendo burbujas y puestos de comida por todas las cuadras a lo largo de las calles. Este es un tiempo de exuberancia en Puerto Vallata. El clima es el paraiso. Las temperaturas andan en los 20-30 grados durante el día con una humedad del 15%. Fresco por las mañanas y por las tardes, los ventiladores han dejado de usarse y se han sacado las colchas para las camas.

En Noviembre las Ballenas Jorobadas empiezan a hacer su arribo de su largo camino desde Canadá. Las Joroadas han escogido la belleza extraordinaria y las relativamente templadas aguas de la Bahía de
Banderas para sus cortejos y nacimientos. Una nube densa y solitaria cubría las montañas una mañana cuando salíamos a la Marina para ir de paseo con unos amigos en un barco de renta. Nos dirigimos al sur por dos horas a lo largo de la hermosa costa, delimitada por lo que parecieran castillos de arena de piedras volcánicas, palmeras, cocos y playas desérticas. Anclamos en una pequeña caleta con piedras, snorkeleamos en las aguas claras y frescas rodeados de peces multicolores de los que deseaba saber sus nombres. Después de comer en el barco, nos dirigimos de regreso a casa sin esperar ver ballenas ya que no estábamos muy adentrados en el mar. Pero a medio camino, y no muy lejos de nosotros vimos el chorro de una ballena y su espalda arquearse con esa joroba dentro y luego fuera del mar. Avistamiento de éxtasis: cuatro ballenas dando vueltas sobre sus espaldas para azotar sus aletas pectorales repetidamente sobre las aguas. Nos dirigimos hacia ellas lo suficiente como para escuchar las exhalaciones y ellas decidieron cambiar su rumbo. Sus largas colas desaparecían bajo el agua dejando las huellas en ella de donde habían estado.

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